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¿Qué es un ataque de pánico y por qué sentís que te morís?
Salud Mental

¿Qué es un ataque de pánico y por qué sentís que te morís?

18 de septiembre de 2026

Introducción

De repente, sin aviso. El corazón empieza a latir muy rápido, falta el aire, las manos hormiguean, el pecho aprieta y una sensación de terror se instala en segundos. Muchas personas que pasan por esto creen que están teniendo un infarto. Algunas llaman al SAME. Otras esperan sentadas en el baño, sin poder moverse, esperando que pase.

Cuando los estudios cardíacos dan normales y el médico de guardia dice “fue ansiedad”, la persona sale del hospital confundida, a veces enojada, a veces avergonzada. Y con una pregunta que no le contestaron bien: ¿qué fue lo que me pasó exactamente?

Lo que acabás de leer describe un ataque de pánico. Es una de las experiencias más aterradoras que puede vivir una persona, y al mismo tiempo, una de las más frecuentes y con mejor respuesta al tratamiento cuando se aborda correctamente.

En este artículo explicamos qué es, qué pasa en el cuerpo durante uno, por qué ocurre, cómo se diferencia de otras cosas y qué podés hacer si te pasó o te sigue pasando.

¿Qué es un ataque de pánico?

Un ataque de pánico es una oleada repentina e intensa de miedo o malestar físico que aparece en minutos y genera síntomas muy parecidos a los de una emergencia médica. El cuerpo reacciona como si estuviera en peligro de muerte, aunque en la realidad no haya ninguna amenaza visible.

Según el Manual Diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-5-TR, 2022), para que se considere un ataque de pánico deben aparecer en forma repentina al menos cuatro de estos síntomas:

  • Palpitaciones o corazón acelerado
  • Sudoración
  • Temblores o sacudidas
  • Sensación de falta de aire o de ahogo
  • Sensación de atragantarse
  • Dolor o presión en el pecho
  • Náuseas o malestar estomacal
  • Mareos, inestabilidad o sensación de desmayarse
  • Escalofríos o sensación de calor
  • Adormecimiento u hormigueo en el cuerpo
  • Sensación de que lo que te rodea no es real o de estar separado de uno mismo
  • Miedo a perder el control o a “volverse loco”
  • Miedo a morirse

El pico de intensidad suele ocurrir en los primeros diez minutos. Aunque parece eterno, el episodio en sí generalmente no dura más de veinte o treinta minutos.

¿Por qué el cuerpo reacciona así?

Para entender qué pasa durante un ataque de pánico, hay que entender una cosa: el cerebro tiene un sistema de alarma que se activa cuando detecta peligro. Ese sistema existe desde hace millones de años y su función es preparar al cuerpo para escapar o defenderse.

El problema es que ese sistema a veces se dispara cuando no hay ningún peligro real. Es como si la alarma de incendio de un edificio sonara sin que haya fuego.

Cuando eso ocurre, el cuerpo hace todo lo que haría frente a una amenaza verdadera: el corazón late más rápido para llevar sangre a los músculos, la respiración se acelera para tomar más oxígeno, los sentidos se agudizan. Todo eso, que en una situación de peligro real sería útil, cuando no hay ningún peligro se vive como una sensación aterradora y descontrolada.

La investigación científica identificó que la región del cerebro más involucrada en esto es la amígdala, una estructura pequeña que funciona como el “detector de peligro” del cerebro. En personas con tendencia a los ataques de pánico, esa zona tiene una sensibilidad mayor de lo normal y puede activarse ante señales que otras personas no registrarían como amenazas, o incluso sin ninguna señal externa aparente (Ventura Acquaviva et al., Translational Psychiatry, 2024; Nardi et al., Chronic Stress, 2020).

Esto tiene una consecuencia importante: no es que la persona exagere ni que sea débil. Su sistema de alarma simplemente tiene el umbral demasiado bajo.

¿Por qué da miedo a morirse si no hay peligro?

Esta es la pregunta que más confunde a quienes pasan por un ataque de pánico por primera vez.

La respuesta es que cuando el cuerpo activa esa respuesta de alarma, los síntomas físicos son tan intensos y reales que el cerebro los interpreta como una señal de peligro inminente. El corazón que late muy rápido se siente como un infarto. La falta de aire se siente como asfixia. El hormigueo en los brazos se siente como algo grave. Y esa interpretación genera más miedo, que a su vez intensifica los síntomas, que generan más miedo. Es un círculo que se retroalimenta.

Por eso, durante un ataque de pánico, el terror no es irreal: es completamente genuino. Lo que no es real es el peligro que lo produce.

¿Cuándo un ataque de pánico se convierte en un trastorno?

Tener un ataque de pánico una vez no implica tener un trastorno. Muchas personas tienen uno o dos episodios a lo largo de su vida, asociados a situaciones de mucho estrés, falta de sueño, consumo de estimulantes o momentos de alta tensión, y no vuelven a repetirse.

El trastorno de pánico es algo diferente. Según el DSM-5-TR, se diagnostica cuando:

  • La persona tiene ataques de pánico repetidos e inesperados.
  • Después de al menos uno de esos ataques, pasa un mes o más con miedo persistente a que vuelva a ocurrir, o cambia su comportamiento de manera significativa para evitarlo (por ejemplo, deja de manejar, de ir al trabajo, de estar sola).
  • Ese cambio de conducta es clave. Mucha gente que tiene ataques de pánico empieza a organizar su vida alrededor del miedo a tener otro. Evita situaciones, lugares, actividades. Y esa evitación, con el tiempo, achica el mundo en que vive.
  • Según datos del estudio epidemiológico nacional más importante realizado en Argentina (Stagnaro et al., VERTEX, 2018), los trastornos de ansiedad —grupo al que pertenece el trastorno de pánico— son la categoría de trastorno mental más frecuente en la población argentina, con una prevalencia de vida del 16,4%.

La guardia dijo que “era ansiedad”: ¿entonces no pasó nada?

Esta es una de las situaciones más frustrantes para quien vivió un ataque de pánico.

Llegar a una guardia con el corazón desbocado y que te digan “estás bien, son los nervios” no ayuda. Pero hay algo importante para entender: que el médico de guardia descarte una causa cardíaca no significa que no pasó nada. Significa que lo que pasó no fue un infarto. Que lo que pasó fue real, intenso y merece atención, pero de otro tipo.

Lo que la evidencia científica sí muestra es que el diagnóstico diferencial es importante en ambas direcciones: hay ataques de pánico que se confunden con problemas cardíacos, pero también hay arritmias cardíacas que se diagnostican erróneamente como ataques de pánico. Un trabajo publicado en Frontiers in Psychiatry (2024) señala que hasta el 12% de las personas que llegan a una guardia cumplen criterios de trastorno de pánico, y que cuando el síntoma principal es dolor de pecho, ese porcentaje puede llegar al 25-35%. El mismo trabajo informa que el tiempo promedio que pasa entre el primer episodio y el diagnóstico correcto puede ser de entre 9 y 15 años.

Eso no es un dato menor. Es tiempo en que una persona vive con miedo, sin entender qué le pasa y sin recibir el tratamiento que necesita.

¿Por qué a algunas personas les pasa y a otras no?

No hay una sola causa. La investigación muestra que es una combinación de factores:

Biología: Algunas personas tienen un sistema de alarma naturalmente más sensible. Eso puede tener un componente genético, aunque no existe un “gen del pánico” único ni determinante (Ventura Acquaviva et al., Translational Psychiatry, 2024).

Historia de vida: Haber vivido situaciones de mucho estrés, pérdidas importantes, situaciones traumáticas o períodos prolongados de tensión puede hacer que el sistema de alarma quede más “activado” de lo normal.

Estrés acumulado: Los ataques de pánico muchas veces aparecen después de períodos de mucha exigencia, falta de sueño o presión sostenida. El cuerpo acumula tensión hasta que en algún momento “se dispara”.

Consumo de sustancias: La cafeína en exceso, algunas bebidas energizantes, el cannabis y otras sustancias pueden bajar el umbral de activación y desencadenar episodios en personas con predisposición.

Sensaciones físicas mal interpretadas: Algunas personas desarrollan una especie de hipervigilancia hacia sus propias sensaciones corporales: cualquier latido más fuerte, cualquier pequeña dificultad para respirar, se convierte en una señal de alarma que dispara el círculo del pánico.

¿Tiene tratamiento? ¿Se puede mejorar?

Sí, y eso es uno de los datos más importantes de este artículo. El trastorno de pánico tiene tratamientos con evidencia científica sólida y muy buenos resultados.

Las guías clínicas internacionales —tanto las del Instituto Nacional para la Excelencia en Salud del Reino Unido (NICE, 2011) como las de la Asociación Americana de Psiquiatría— recomiendan dos abordajes con la mayor evidencia disponible:

La terapia cognitivo-conductual (TCC): Es un tipo de terapia psicológica que trabaja sobre los pensamientos y las conductas que mantienen el círculo del pánico. Ayuda a la persona a entender qué le está pasando, a interpretar de forma diferente las sensaciones físicas y a dejar de evitar situaciones. Un metaanálisis de 74 estudios con casi 7.000 participantes (Papola et al., Psychological Medicine, 2023) encontró que la TCC es el tratamiento psicológico más eficaz para el trastorno de pánico, tanto en formato presencial como a distancia.

La medicación: Ciertos antidepresivos —especialmente los del grupo de los inhibidores de la recaptación de serotonina (IRSS)— son el tratamiento farmacológico de primera línea, según la revisión Cochrane más reciente sobre el tema (Guaiana et al., Cochrane Database of Systematic Reviews, 2023). No generan dependencia ni cambian la personalidad. Su función es bajar la “sensibilidad” del sistema de alarma para que los ataques de pánico no se sigan disparando.

En muchos casos, la combinación de terapia y medicación da los mejores resultados. El médico psiquiatra es quien puede evaluar cuál es la mejor opción según cada persona y su situación particular.

Mitos y realidades sobre los ataques de pánico

Mito: “Un ataque de pánico es exagerar o inventar.” Realidad: Los síntomas son completamente reales y tienen una base física medible. El corazón realmente late más rápido. La respiración realmente cambia. No es invención ni actitud.

Mito: “Si me pasó una vez, me va a pasar siempre.” Realidad: Tener un episodio no implica tener un trastorno. Muchas personas lo tienen una vez y no vuelve a ocurrir. Con tratamiento adecuado, el trastorno de pánico tiene muy buena respuesta.

Mito: “Es peligroso para el corazón.” Realidad: Un ataque de pánico en sí mismo no daña el corazón en una persona sana. Lo que sí existe es evidencia de que el trastorno de pánico no tratado durante años se asocia a mayor riesgo cardiovascular a largo plazo (Tully et al., Journal of the American Heart Association, 2015), lo que es una razón más para tratarlo a tiempo.

Mito: “Solo les pasa a personas nerviosas o débiles.” Realidad: Puede pasarle a cualquier persona, independientemente de su carácter, su fortaleza o su historia. No es una señal de debilidad: es una respuesta del sistema nervioso que se puede tratar.

Mito: “Lo mejor es evitar todo lo que lo dispara.” Realidad: La evitación da alivio a corto plazo pero empeora el problema a largo plazo. El tratamiento eficaz hace exactamente lo contrario: ayuda a la persona a acercarse gradualmente a lo que le genera miedo, de forma segura y acompañada.

Mito: “Con respirar profundo alcanza.” Realidad: Ciertas técnicas de respiración pueden ayudar a manejar un episodio en el momento, pero no tratan la causa. Si los ataques se repiten, la consulta profesional es indispensable.

¿Cuándo es recomendable consultar a un profesional?

Si tuviste un ataque de pánico por primera vez, lo primero es descartar causas médicas con tu médico clínico o de cabecera. Una vez hecho eso, si los síntomas fueron intensos o te generaron mucho miedo, vale la pena conversarlo con un profesional de salud mental.

Si los episodios se repiten, no esperes a que se vuelvan más frecuentes. Cuanto antes se trata, más fácil es interrumpir el círculo.

Si empezaste a cambiar tu vida para evitar que pase, ese es un signo claro de que el problema está avanzando y necesita atención. Dejar de manejar, de ir a ciertos lugares, de estar solo o de hacer cosas que antes hacías con normalidad son señales importantes.

Si el miedo a que vuelva a ocurrir ocupa gran parte de tu cabeza, eso en sí mismo es parte del trastorno y tiene tratamiento.

Si usás alcohol, medicamentos sin receta u otras sustancias para calmarte, es urgente consultar.

Si los ataques están afectando tu trabajo, tus relaciones o tu calidad de vida, no tiene sentido esperar. El trastorno de pánico es uno de los que mejor responden al tratamiento cuando se aborda a tiempo.

Consultar con un médico psiquiatra no significa que “estás loco” ni que el problema es gravísimo. Significa que estás tomando en serio algo que tiene solución.

Conclusión

Un ataque de pánico es una de las experiencias más aterradoras que puede vivir una persona, pero no es una señal de que algo esté roto para siempre en vos. Es la respuesta de un sistema de alarma que se disparó cuando no debía. Eso tiene explicación, tiene nombre y tiene tratamiento.

Millones de personas en el mundo lo viven, muchas de ellas sin saber qué les está pasando ni que existe ayuda. En Argentina, los trastornos de ansiedad son el problema de salud mental más frecuente en la población adulta, y el trastorno de pánico es uno de los que más impacto tiene en la vida cotidiana de quienes lo padecen sin tratamiento.

Si te pasó o te sigue pasando, no estás exagerando. Y no tenés que bancártelo solo.

Referencias científicas

  1. American Psychiatric Association (2022). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (5.ª ed., texto revisado, DSM-5-TR). https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787
  2. National Institute for Health and Care Excellence (NICE) (2011, actualizada). Generalised anxiety disorder and panic disorder in adults: management (Clinical guideline CG113). https://www.nice.org.uk/guidance/cg113
  3. Ventura Acquaviva, C., Gruber, M., Corrêa de Santana, C. et al. (2024). Neurochemical and genetic factors in panic disorder: a systematic review. Translational Psychiatry, 14, 295. https://doi.org/10.1038/s41398-024-02966-0
  4. Nardi, A. E., Freire, R. C., Mochcovitch, M. D. et al. (2020). The Neurobiology of Panic: A Chronic Stress Disorder. Chronic Stress, 4. https://doi.org/10.1177/2470547020929981
  5. Papola, D., Ostuzzi, G., Tedeschi, F. et al. (2023). CBT treatment delivery formats for panic disorder: a systematic review and network meta-analysis of randomised controlled trials. Psychological Medicine, 53(3), 801–813. https://doi.org/10.1017/S0033291722003683
  6. Guaiana, G., Meader, N., Barbui, C. et al. (2023). Pharmacological treatments in panic disorder in adults: a network meta-analysis. Cochrane Database of Systematic Reviews, 11, CD012729. https://doi.org/10.1002/14651858.CD012729.pub2
  7. Tully, P. J., Turnbull, D. A., Beltrame, J. et al. (2015). Panic disorder and incident coronary heart disease: a systematic review and meta-regression in 1,131,612 persons and 58,111 cardiac events. Journal of the American Heart Association, 4(1). https://doi.org/10.1161/JAHA.114.001378
  8. Goodwin, R. D., Olfson, M., Shea, S. et al. (2024). Biobehavioral approach to distinguishing panic symptoms from medical illness. Frontiers in Psychiatry, 15, 1296569. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2024.1296569
  9. Stagnaro, J. C., Cía, A., Vázquez, N. et al. (2018). Estudio epidemiológico de salud mental en población general de la República Argentina. VERTEX Revista Argentina de Psiquiatría, XXIX, 275–299. https://apsa.org.ar/docs/vertex142.pdf

Este artículo fue redactado con fines informativos y divulgativos. No reemplaza la consulta con un profesional de salud mental. Si reconocés alguno de los síntomas descritos de manera persistente, consultá con un médico psiquiatra o psicólogo.

Dra. Selene Cozzi Calvo

Dra. Selene Cozzi Calvo

Médica Psiquiatra · Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe